viernes, 27 de abril de 2012

El huésped

Ella tenía ocho años como yo y se llamaba Laura. Era una chica de ojos azules y el cabello corto. A veces parecía  un chico; la vida había sido muy dura con ella. Cuando era todavía una niña su madre había muerto de una enfermedad muy mala, decían. Desde entonces su vida cambió radicalmente; su padre se casó con otra mujer y ella tenía que convivir con su madrastra y sus tres hijas. A veces no aguantaba más y se escapaba de la casa. Así, un día llegó a nuestro pueblo. Toda la gente había oído hablar de ella, porque era ya conocida en toda la región. Algunos la trataban mal, otros le daban dinero o algo de comer y otros por compasión la acogían en su casa. A mí me gustaba jugar con ella, porque conocía juegos de los que nosotros ni siquiera habíamos oído hablar nunca y nos contaba cosas muy interesantes ya que conocía bien el mundo. Había estado ya en cuatro pueblos de la zona y había visto cosas maravillosas. Le gustaba vivir libre decía y nunca hablaba de su familia, pero nosotros sabíamos la verdad. Cada vez que su padre venía a buscarla ella se escondía y decía cosas terribles para que la gente la protegiera. Pero nadie decía nada. Al fin y al cabo este era su padre y su palabra era lo que contaba. Meses después ella se había escapado otra vez de la casa y todos cotilleaban sobre eso. Así fue que por segunda vez ella llegó a nuestro pueblo más mayor  y quizás, más madura. Estaba muy feliz de vernos y quería quedarse, si alguien la hospedaba. Pero era una chica muy justa, ¡si señor! Estaba dispuesta  a ayudar en cualquier cosa, desde las tareas domésticas hasta la labranza del campo. Así era construida su vida en los últimos anos. Peregrinaba de lugar en lugar para escapar de su familia. Pero un día Laura se escapó otra vez y no volvió nunca más. era ya una mujer.....


Niko Stefa 24/05/2012

El Viaje


                                              

Viajábamos desde las cuatro de la madrugada y eran ya las nueve de la mañana pero teníamos aún muchas horas de viaje. Yo, como todos los chicos estaba muy entusiasmado y feliz proque era la primera vez que viajaba a otro país y todas la cosas que veía me parecían tan bonitas. Pero a veces me sentía muy triste y el viaje me parecía una eternidad. Estaba seguro de que iba a echar mucho de menos a mis amigos, a mis primos y sobre todo a mis abuelos. Me sentía engañado por  mis propios padres. Me habían prometido muchas cosas para que me fuera con ellos; me decían que tendría todos los juegos que quisiera, y ropa muy bonita y amigos nuevos y lo más importante: ¡una vida mejor! ¿y qué era esta vida mejor? Yo tenía ya una vida maravillosa. Tenía a mis amigos que me querían muchísimo y lo pasábamos muy bien. Eran los mejores amigos del mundo, porque hacíamos todo tipo de disparates y no me habían traicionado jamás. También tenía a mi abuelita, que me esperaba siempre en la puerta con la mejor comida que solo ella sabia cocinar. Y mi abuelo, un hombre tan sabio que me contaba unas historias increíbles. Me contaba historias de la guerra y como ellos habían ayudado a los partisanos y cosas así. Eran casi las 2 de la tarde e hicimos una parada en una estación de servicio, un poco fuera de una gran ciudad. Todo era un bello entorno para mí pero al mismo tiempo todo desconocido. En ese instante hubo un momento de pavor. Sin embargo, este viaje tenía un sentido único y cada pensamiento desesperado no tenía ninguna importancia. De nuevo en la ruta y las horas parecían siglos. Yo les preguntaba todo el tiempo: cuánto queda para llegar a  ese dichoso lugar, y ellos me respondían: un poco más, un poco más. Finalmente llegamos. Eran las cuatro de la tarde. Mi corazón latía muy fuerte. En ese momento me sentía muy alegre y curioso también. Quería ver todo: las casas, las calles, las tiendas, los árboles, todo de una vez. Mi paciencia estaba agotada y quería correr como un loco. ¡Todo un mundo para descubrir!.....

Niko Stefa 25/04/2012 

sábado, 21 de abril de 2012

A una estatua clásica

Inmóvil quedas belleza perfecta,
detenida en los momentos esculpidos,
sobre la inflexible claridad del mármol.
Los siglos pasajeros contemplas
con ojos sumergidos en tu meditación perpetua.
Sólo su sonrisa arcaica revela
un sordo grito angustiado
por la fluidez del porvenir.
Aún así miras ajena a todo lo mortal
en supremacía silenciosa.
¿Qué sabes más, tu estatua clásica
sobre el curso del mundo?
¿Dónde está escondido el secreto
del eterno flujo de la corriente?
¿Acaso la única inmortalidad
se encarna en lo ideal realizado?


Angeliki  Patera, 2011

INVENCION MENTIROSA

El gran maestro de la vida enseña al hombre
un orden maravilloso que viene del  horizonte,
lo que llega son palabras, voces
que gritan las horas, los años, los siglos.
Los relojes y los calendarios
señalan con devoción
la duración y el olvido de las cosas.
Debajo de las estatuas no hay  ayer,
no hay  historia sino  silencio
que se rompe por el llanto del niño,
el sollozo del hombre rupestre,
el triste gemido de un cronopio.
El gran maestro de la vida miente,
debajo de las estatuas no hay tiempo,
ignora la armonía convencional,
ignora el misterio del mundo,
acepta sólo lo absurdo que es tu vida .
Aislado en aquella aldea de nadie
aprende a vivir sin ilusiones.
El tiempo nace  y se muere en nosotros mismos.                                 

Stella, 18-4-2012.

¿Qué es este fluir incesante……?


¿Qué es este fluir incesante……?
“Time is a necessary representation that underlies all intuitions…….given a priori.”, Immanuel Kant
¿Qué es este fluir incesante,
este movimiento insaciable de las cosas
que nunca se detiene
como el arroyo bajo la lluvia?

¿Con qué se viste cada día, cada hora?
con las arrugas de los rostros,
la madurez de los frutos,
el amarillo de las fotografías.

Memoria de rancia estirpe, el ayer,
repetición de la historia humana, el ahora,
sus huellas sellan de manera irrevocable
el fin de nuestro camino mañana.

¿Qué es este ritmo eterno que da
sentido al latido del corazón,
este compás que mide los instantes
como las sílabas de un solo verso?

Quizás un soplo de aire y nada más.
A la vez, breve y duradero,
todo ser se inclina con reverencia
bajo su ley, irremediablemente.               Stella, 2011.

La transcendencia del tiempo

Nacemos con la idea de este orden interior que da sentido a todos los hechos de la vida de una manera lineal, en que se funda la noción de identidad personal, de memoria, de nuestra visión del mundo, un mundo de apariencias y de verdades.
Por una parte,  mirar las nubes viajando en el cielo o el panorama de las estrellas o la alternancia de las épocas, fenómenos atmosféricos o naturales, la corriente huidiza del río, el regreso de las aves  migratorias, las flores  marchitas o una multitud de cosas, nos da la impresión de un ritmo universal que reina en todo ser. Por otra parte,  pensar en conceptos como el de cantidad, de continuidad, de precisión, de armonía y un mar de otros se hace posible y se puede entender  debido a esta forma de intuición interior que determina el mundo exterior. Esta secuencia interior que se extiende como una línea hasta el infinito, la aplicamos, gracias a nuestra facultad de representación, a todo objeto exterior e interior. Así este ritmo determina también nuestra mente. Lo difícil y lo extraño es que somos incapaces de aislarlo de las cosas, es decir, la sucesión es parte de las representaciones y sin ella las cosas serían incomprensibles, entidades inconexas.
Las siguientes frases famosas muestran el interés humano por el tema del  tiempo.
“El tiempo es una imagen móvil de la eternidad”, PLATÓN
“Tiempo es la medida del movimiento entre dos instantes”, ARISTOTELES
“El tiempo es el ángel del hombre”, SHILLER
“El tiempo es la sustancia de lo que estoy hecho”, BORGES
“No se puede olvidar el tiempo más que sirviéndose de él”, BAUDELAIRE
Esta sensación de eterno cambio de las cosas y de los estados interiores se nos impone sin remedio y no hay manera de evitarla ni siquiera transigir con su manipulación. En este sentido somos esclavos de la “invención de Satanás”- la frase de A. Machado dice: ”sin el tiempo, esa invención de Satanás, el mundo perdería la angustia y el consuelo de la esperanza” - y de ahí nuestra nulidad y el sentido de derrota.
Para concluir, diré que sin el tiempo el mundo sería un paisaje desconocido, la vida sin apoyo, sin memoria llena  de imágenes incoherentes , ininteligibles, casi impensables.                                                                                                                                                                         
  
Stella, 2011.                                                                                                        

jueves, 5 de abril de 2012

La Trilogía de la Envidia


Se ha convertido en un misántropo como si fuera un gnomo envenenado que solo adquiere sentido en la vida en cuanto encuentra a alguien más alto. La envidia le consume como una serpiente que va asfixiando cada trocito de compasión que hubiera podido sentir nunca. Sabe que su fin está llegando. Se llama soledad.

Volvió a casa más tarde de lo que había esperado, muerta de cansancio. Había tenido uno de esos días en los que su paciencia se pone a prueba con los compañeros de trabajo. Ana había empezado a trabajar en la empresa seis meses antes y había venido decidida a ganar a todos y hacerlo sonriendo. Después de quince años trabajando en el sector de ventas, ya sabía que para progresar no bastaba solo con completar las tareas y conseguir los objetivos, sino también establecer relaciones personales basadas en sinceridad y confianza casi sin pensarlo. Hay que amar verdaderamente relacionarse con la gente, pensar de nuevo en maneras para combinar sus intereses con los de la empresa y tenerlos a su lado en las duras y las maduras. Aquel día había exigido de ella una lucha más contra su mayor enemigo. Algo contra el que, a pesar de su habilidad innegable y su larga experiencia profesional, cada vez amasaba todas sus fuerzas desde dentro para contrarrestarlo con tranquilidad. Esa resistencia obstinante por parte de su equipo, una o dos personas que contradecían todas sus ideas sin presentar argumentos lógicos o medidas alternativas para completar la tarea. Tiró las bolsas al suelo y se echó en el sofá cerrando los ojos. Esta tarde, aunque se sentía como si sus fuerzas le abandonaran, estaba orgullosa de sí misma. Había concluido el encuentro pacíficamente, pero tendría que hacer un pacto con los de la oposición. Y se había enterado de sus motivos  trassu intento de crear revuelo. Por una vez en la historia, pensó Ana, los curas tenían razón y los psiquíatras un caso. La envidia es un pecado capital y un arma en las manos del acosador. Pero, solo si permía que le afectara. Y se negó a pensarlo más.


El otro día conversamos sobre la envidia y se me ha ocurrido que no di la respuesta adecuada. La verdad es que la envidia es un sentimiento humano común, lo que se ha reconocido a lo largo de nuestra historia y parecería presumido por mi parte si yo también no me confesara culpable de haber sucumbido a ese pecado en particular. Os aseguro que no soy perfecta, sino una ávida lectora de Bertrand Russel, mi filósofo ínglés favorito y además ateo. Rusell ha descrito la envidia como la primera causa de infelicidad cuando el hombre no logra canalizarla hacia actividades benéficas, pero, por otro lado, el mismo sentimiento humano potente puede transformarse en una fuerza motivadora hacia una sociedad más justa y democrática. Pues, yo me quedo con ese último punto: entre todos los sucesos actuales fatídicos que están fuera de nuestro control, todavía retenemos el derecho de elegir encaminar nuestros sentimientos hacia la construcción de un entorno más sano y fuerte
, empezando primero a nivel personal.   



Uranía 28 marzo 2012 (Texto escrito por la tarea ´La Envidia´)



martes, 3 de abril de 2012

La impaciencia

La cocina olía a canela. Ella tenía casi cinco años y el molde en el horno estaba a la misma altura que la de sus ojos. Se quedaba imóvil mirando la masa que se doraba. Los pedazos de azúcar brillaban como diamantes.
-¿Cuando estarán hechos?, preguntó a su madre.
- Que no seas tan impaciente Luisa. No se cocerán más rapido porque tu los estés mirando. Ven a vestirte mi amor que papá llegará pronto para llevarnos.

Luisa se puso el cinturón de seguridad. La madre los había puesto en una cesta cubierta con un pañuelo blanco. El olor de la canela flotaba en el aire encima de los raídos asientos del coche y le cosquillaba la nariz.
-¿Mamá puedo tomar uno?
- Ay Luisa, qué persistencia. Lo siento mi cielo pero me salieron menos de los que tenía en cuenta y ahora los he arreglado en la cesta de manera que parezcan más. En cuanto se los dé a la tía Julia y ella nos sirva podrás tomarlos.
-¿Cuántos mama?
-Cuantos quieras mi amor.
Luisa miraba a la calle y a los coches polícromos que llenaban la ciudad.

La tía Julia los estaba esperando en el jardín.
-¡Bienvenidos! ¿Qué me traes, Maria? ¡Ah estos bollitos tan sabrosos que son tu especialidad! Debes darme la receta.
La tía tomó la cesta que olía a canela y entró en la casa.

En el jardín había árboles. Uno grande y tres pequeños. Había una mesa con sillas naranjas, macetas con flores rojas, baldosas de piedra y un perro que no sabía como ladrar.
-Mamá, ¿cuando los servirá la tía Julia?
-Luisa ahora empiezas a irritarme. No sé. Los traje para la tía y cuando ella quiera los servirá. Ven a jugar mi amor. ¿Has visto que bonito el jardín, eh? Y mira Totó, está moviendo la cola ¡quiere jugar contigo!

Luisa seguía a una hormiga que corría. Era marrón como el caramelo denso y zigzagueaba rápidamente por el blanco murito. La hormiga entró en la casa. Luisa perdió sus rastros entre el dibujo complicado de los baldosas en el vestíbulo. Sin embargo, seguió buscandola en las habitaciónes de la casa. Luisa abrió la puerta de la cocina.En el banco estaba la cesta. El olor a canela era tan compacto que casi lo podías tocar. Estaban puestos dentro de la cesta de una manera que parecieron como un flor, una margarita . Luisa tomó uno. Ahora en el centro de la cesta había un agujero negro.

Corrió hasta la parte detrás del patio. Aquí había basura, una pala y un rastrillo, algunas cajas y ladrillos. Abrió la boca y lo mordió. El azúcar crecipitaba entre los dientes.Sin embargo, el estómago de Luisa se había hecho un nudo y sentía como si masticara un pedazo de papel. Miró alrededor y luego escondió el bollito debajo de un ladrillo.

Luisa se limpió los manos en sus pantalones cortos y fue a la parte de atrás para jugar con Totó.
- Luisa, ven aquí y dame un abrazo.
El pelo largo de la madre caía sobre el rostro de la Luisa. Olía a manzanilla.
-Sabes algo mi amor, no te preocupes sobre los bollitos, que cuando regresemos a casa haré otros, ya que tanto te gustan. Da me un beso Luisita. Pero, Luisa, hueles a canela. ¡Has tomado uno sin preguntarme !
-No, no he tomado ninguno.
-Luisa a mí no me mientas que sabes lo que me enfada esto. No vas a tomar ningún otro hasta que la tía nos sirva y nisiquiera en la casa. Te había dicho que debias esperar. Y además me estás mintiendo.

Luisa sentió las lágrimas que acercaban. Le quemaban los ojos. Corrió hasta la parte detrás del jardín. Levantó el ladrillo tomó el bollito y lo tiró lejos por encima del murito.

Un perro ladró exactamente como ladran los perros cuando un bollito les alcanza en la cabeza.

Artemis 1/4/12 (texto escrito por la tarea '' recrear un cuento a partir de un sentimiento o pecado capital.'')


Las posesiones

Las posesiones materiales
En mis primeros recuerdos de niñez destaca la figura de mi abuela paterna.
Era modista de profesión. Ya que mi madre trabajaba fuera de casa ─algo poco común en aquellos tiempos─ yo pasaba largos ratos con mi abuela en su taller, que estaba al otro lado del patio de nuestra casa de entonces, escuchándola contarme historias, mientras cosía vestidos para sus clientas.
Sus cuentos eran largos, complicados y no tan infantiles, puesto que solían tratar temas de amores, de traición, de venganza, en resumen de todas las pasiones humanas. Tenían, eso sí, un final feliz, aunque los héroes y las heroínas tendían que pasar por muchas desventuras, antes de que todo se resolviera de manera feliz, aguantando infortunios y tormentos de toda índole. Esos cuentos me encantaban, me hacían vivir momentos mágicos. Es una pena que ahora no puedo acordarme de sus tramas, ni soy capaz de reconstruirlos, por mucho que lo intente. Sólo tengo recuerdos de algunas frases, en especial de las que eran en forma de versos, o de ciertas circunstancias particulares, pero ni podría decir si estas forman parte de un mismo cuento o de varios.
Junto con los cuentos, la abuela me contaba también historias de su propia vida. Siempre hacía la distinción, para que yo lo tuviera muy claro, cada vez, si lo que me contaba era un cuento fantástico, o una historia real. Cabe recalcar que igual que lo que sucedía con los cuentos, la abuela, al contarme las historias de su vida, tampoco las pasaba por censura, a pesar de mi corta edad. De modo que muy pronto me familiaricé no sólo con sus recuerdos de los años felices de su niñez, en la próspera ciudad del Mar Negro donde había nacido, de sus graciosas aventuras escolares, o de sus amores con mi abuelo, sino tambien con las ciurcunstancias bajo las cuales su familia fue expulsada de su tierra natal, después de la derrota del ejército griego al final de la expedición desastroza de 1922. No me acuerdo si la abuela mencionaba en su narración fechas específicas, o nombres de personajes y sitios históricos. Desde luego, en la edad de tres, cuatro o cinco años yo no habría sido capaz de asimilar datos de esta índole, aunque me los hubiera dado. Lo cierto es que me acuerdo claramente de la descripción de los sufrimientos que ella y sus parientes ─incluido mi padre─ tuvieron que soportar, entre el momento en que se dieron cuenta de que no les quedaba otra que huir, abandonando todas sus posesiones para salvar la vida, y el tiempo de su definitiva instalación en un barrio de refugiados de Atenas, unos dos años después. Al escuchar aquellas historias yo sentía a flor de piel, con mi viva imaginación infantil, los sufrimientos, las penas, el terror, el desaliento y también el aguante y la esperanza que mi abuela y su familia tuvieron que experimentar durante todo este tiempo.
 Leyendo lo que acabo de escribir, uno podría pensar que mi abuela fue una persona  dura,  áspera e incluso insensible. Nada podría estar más lejos de la realidad. Ella fue la persona más tierna y afectuosa del mundo, y además me quería muchísimo y me lo hacía sentir plenamente, en cada momento. En efecto, aunque sus historias fueran crueles, ella tenía su manera de contarlas teniendo siempre en cuenta la sensibilidad y también las posibilidades de entendimiento que yo ─y sus otros nietos─ teníamos en cada edad, de  modo que sin ocultarnos la verdad, la suavizaba, para que no nos hiriera, ni nos aterrorizara. Después de todo, al igual que sus cuentos, también sus historias tenían un final feliz, puesto que la familia, a pesar de sus tantas peripecias, había podido por fin sobrevivir y prosperar  ─con algunas pérdidas, eso sí, aunque éstas para mí no contaban mucho, ya que concernían a personas que yo nunca había conocido─.  
Frecuentemente me he preguntado por qué mi abuela había sentido la tentación de contar a sus nietos aquellas historias de su vida desde muy pronto, aunque seguro que sabía que esas no eran material de cuento infantil. Pienso que la respuesta es que sentía un impulso invencible de comunicarse con sus seres queridos, poniéndoles al mismo nivel que ella. Por otro lado quería que nosotros, sus nietos, la conociéramos de verdad y que supiéramos su trayectoria y su lucha para sobrevivir y sacar adelante a los suyos. Porque esta proeza la había conseguido ella sola, con su aguante, su determinación y su trabajo, siempre con una decencia insuperable.
Los hombres de la familia, es decir, su padre y su marido, habían sido exiliados por el gobierno turco antes de la catástrofe, junto con todos los varones de origen griego desde los catorce hasta los sesenta años de edad─, tan pronto como nuestro ejército había desembarcado en Asia Menor. Sobrevivieron el exilio, pero no pudieron reunirse con el resto de la familia hasta años más tarde. Además, cuando al fin volvieron, los dos hombres no fueron de mucho provecho para la familia. Como contaba la abuela, los martirios que tuvieron que aguantar en las marchas forzosas por el desierto del interior de Turquia, la amenaza continua de la muerte que tuvieron que soportar, los habían vuelto impasibles y fatalistas, incapaces para la lucha.
Mi bisabuelo murió poco después de reunirse con la familia en Atenas, mientras que mi abuelo vivió unos años más, trabajando de zapatero para las familias de los refugiados, y “olvidándose” de cobrarles dinero por el calzado que fabricaba, porque, como decía, “eran tan pobres...”.  Así que el hombre de la familia tuvo que ser la abuela. Logró casar a sus tres hermanas menores con hombres decentes y trabajadores, y  dar estudios a sus tres hijos y a su único hermano. Se sentía muy orgullosa ─y con mucha razón─ de todo lo que había conseguido con su trabajo honesto, y eso que ni se lo esperaba de sí misma, en un principio. “Yo, era una ama de casa y no sabía hacer nada”, me decía. “De pequeña fui demasiado mimada, hasta perezosa, me llamaban princesita, era una inútil, de verdad. ¿Cómo pude yo afrontar lo que tuve que afrontar?  Sólo Dios sabe, qué me ha dado la fuerza...”
En realidad sus historias eran un paradigma de lucha y de determinación, un ejemplo vivo que consideraba esencial de transmitirlo a sus nietos. No sabía si iba a tener tiempo para contarnos sus historias más tarde, cuando tuviéramos más edad,  y por eso quería hacerlo tan pronto como podía. Tenía razón por precipitarse, ya que en efecto se nos murió cuando yo tenía doce años y su nieto más joven sólo tres.
La más importante moraleja de sus historias, lo que se sacaba muy claro de todas ellas, era que las posesiones materiales que uno acumula a lo largo de su vida, no se pueden fiar. Sirven, sin duda, para que la vida sea más placentera, pero hay que tener en cuenta que se pueden perder en cualquier momento. “Lo que cuenta, de verdad, no es lo que uno tiene, sino lo que uno es. Lo que conoces, lo que has aprendido, lo que sabes hacer, nadie  te lo puede quitar. Con ello puedes salir adelante en la vida, cualesquiera que sean las circustancias que te toquen vivir. Por eso lo que más vale es la educación”.
Todos sus nietos hicieron estudios universitarios, ninguno es rico, todos son gente honesta y decente.  

Tina Dugalí                                                                                          Atenas, 28 de marzo 2012

domingo, 1 de abril de 2012

Las cosas


Las cosas.
¡Cuántas cosas…Nos sirven como tácitos esclavos,
Ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido”.J.L.Borges.

A veces me pregunto qué razones me mueven a guardar sobre el ropero antiguo de mi madre, en mi dormitorio, mis juguetes de infancia junto con los de mis hijos: esos animalitos de felpa, suaves al tacto que ni ladran ni gruñen, sino que me miran callados, silenciosos desde arriba.Yo acostada y ellos me vigilan protegiéndome como centinelas brotados de un cuento de hadas. Cada uno tiene su historia. El león regalo de mi padre, el panda de un viaje de mi marido a los Estados Unidos, el perro de lunares negros, la oruga de color verde, otro perro rojo regalo para mi primer hijo. Osos de peluche, gatos mimosos, polluelos y conejitos, todos son mis fieles amigos que han viajado conmigo a lo largo de mi vida y conocen todos mis secretos, mis agonías, sólo a través de nuestras miradas. Mis queridas cosas, mis juguetes humildes duermen y despiertan conmigo y su presencia atemporal me trae la imagen deseada de mi padre, la de mi hermana y la mía jovencitas, la imagen de un espacio de inocencia y de felicidad infinita.

Stella 31-3-2012.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Libertad Perdida

Le incomodaban las apariencias. Quería vestirse de negro para ser elegante, no le importaba un comino que de negro vamos a los funerales. No le gustaba nada de sí mismo, si pudiera cambiar sus rasgos de la noche a la mañana, primero alteraría su nariz, luego se pondría más alto y por último echaría esa feminidad en sus movimientos por la ventana. Imaginaba que todos sus compañeros de trabajo le miraban por encima al hombro porque era del campo, había estudiado en el extranjero y por lo tanto no habría sido tan inteligente para ingresar en una universidad en Grecia, ni tampoco tan rico para conseguir una rápida homologación del título y, por eso, tenía que trabajar de ayudante en una oficina de Derecho y no como abogado propio, durante muchos años. Aunque tuviera un talento inherente por el proceso jurídico, codearse con la gente sacaba toda su energía. Sentía envidia hacia los que, por el contrario, se llenaban de entusiasmo solo sirviendo a los clientes, o presentando sus casos a juicio. Su único consuelo eran las cosas bellas que coleccionaba de regalos: todas las cosas que su madre u otros conocidos no necesitaban se los daban a él, porque todos sabían su pasión por quedarse con objetos. No tiraba nada nunca. Cada objeto tenía su historia, una  memoria tachada, como si fuera un ser vivo. Y así lo amaba, como si fuera una persona querida, siempre cerca de él. No podía imaginarse a sí mismo en un lugar, en una casa diferente. Le gustaba su pequeño piso en Exarhia, cerca del centro antiguo de Atenas, a pesar de las manifestaciones rutinarias y del ruido de la cuidad. Y, ¿qué haría con tantas cosas si decidiera mudarse? ¿Tirarlas a la basura o hacer una donación a los pobres? No, no quería cambiar de vida, porque nadie pudiera apreciar su pequeño reinado lleno de bellas cosas como él. Ni siquiera quería que alguien le visitara a su piso nunca, le privaría de su intimidad y el único sentido de estabilidad que había sentido desde hace mucho tiempo. Sin embrago, no era feliz, algo le faltaba pero no se sabía qué. Y, de repente, no podía respirar, se sintió como si un bocado se le atragantara y tuviera que abrir la ventana para que el aire fresco entrara en la habitación.     
Urania 28/03/2012 (Texto escrito por la tarea ´El sentido de los objetos en nuestra vida´)

viernes, 23 de marzo de 2012

Carta abierta a Mario Vargas Llosa

   
Mi querido Mario:
Tú no me conoces, pero escribo esta carta sintiendo que yo a ti te conozco como a un amigo íntimo.
En uno de tus ensayos sobre la creación literaria has dicho que un escritor, a diferencia de un científico, nunca describe el mundo tal como es en realidad, sino que crea su mundo propio. Desde tu punto de vista ─que al fin y al cabo es el punto de vista de un experto─,  este mundo de ficción, aunque se parezca en todos los detalles al mundo real, no lo es. Cada autor en su producción artística está siempre “reinventando” la realidad, sustituyendo esta con una realidad suya, en un acto de desafío contra la naturaleza, o contra Dios si es que Dios existe─. De modo que, según tu argumento, cada creación artística se puede calificar como un acto de deicidio. Aunque uno escriba una novela en primera persona, has dicho, aun cuando use datos de su propia biografía,  no es de fiar que lo que cuenta sea la realidad objetiva. No obstante, recreando la realidad a su gusto, el escritor está en su derecho, y depende sólo de su talento si puede convencer al lector de la validez de esta realidad ficticia.
A mí este argumento expuesto además con tu maestría oratoria me ha persuadido. Sin embargo, aunque las novelas no cuentan la realidad como es, de todos modos dicen, en mi opinión, la verdad, en un nivel más profundo: exponen la esencia verdadera de la condición humana, vista a través de los ojos del autor. Digo esto porque no estaría de acuerdo si quisieras llevar tu argumento hasta el extremo de sostener que la personalidad del autor no se puede conocer a través de sus escritos. Por supuesto que no estoy hablando del carácter de una persona, o de su modo de comportarse en situaciones cotidianas: la obra de un artista no nos da, en efecto, muchas pistas para conocer estos rasgos exteriores de su personalidad, los cuales son, de todos modos, superficiales y no hablan mucho de lo que uno siente o piensa por dentro. En cambio, creo que el mundo interior de un autor, la esencia de su ser en su profundidad, sí que se deja ver a través de su obra. Esta es la razón por la que estoy convencida de que yo te conozco, Mario. Desde tus novelas y tus otros escritos, he llegado a apreciarte e incluso a quererte, no sólo como a un hombre de gran talento, sino como a una persona profundamente humana, dotada de una sensibilidad poco común, que me pudo emocionar y conmover tantas veces.
Ya sé que muchos de tus admiradores de antes te guardan hoy rencor por haber cambiado tus ideas políticas en el curso de los años, de un modo dramático, llegando a ser ─según ellos─ un reaccionario, más que un conservador a la antigua. Y eso que habías empezado desde la izquierda más pura y radical. 
Por mi parte, no estoy de acuerdo con los que te han condenado.
Primero porque estoy convencida de que uno tiene el derecho de cambiar sus creencias políticas, si las que tenía antes lo decepcionaron, o si en un cierto punto de su vida se dio cuenta de que el ideal en que había puesto sus esperanzas no era en realidad lo que él se había imaginado. Al fin y al cabo las ideas políticas son sólo esto: ideas. Y las ideas no se basan enteramente en el pensamiento racional. Hay siempre en ellas un elemento de fe ciega, puesto que la sociedad humana es demasiado complicada para que uno pueda explicar cómo funciona sólo con la razón. Cuando esta fe se agote, cualquiera que sea la causa, no hay manera de resucitar  las ideas muertas. Es precisamente este elemento no racional de las ideas políticas que hace que dos personas, ambas íntegras, honestas y bienintencionadas, puedan tener ideologías completamente opuestas.
Así las cosas, el “cambio de chaqueta” es para mí reprochable sólo en el caso en que se haga por razones de interés propio. Entonces sí que este cambio se debe juzgar como amoral y cínico. En tu caso, sin embargo, la alteración de tus ideas políticas no sólo no te ha proporcionado más fama, más dinero, o más poder, sino que te ha costado la pérdida de numerosos amigos y otros tantos admiradores devotos. En efecto, tu cambio ha sido un cambio contracorriente y aunque fuera sólo por esta razón, no lo podría condenar.
Unos de los que tampoco te condenan sostienen que sería más juicioso por tu parte que te callaras, y que no hubieras hecho declaraciones políticas que muchos juzgan ofensivas hasta la provocación. Ni con esto estoy de acuerdo. Pienso que es más honesto ─y mucho más valiente─ hablar sinceramente de lo que uno piensa que callarse. Hablar, comunicar a los demás lo que uno piensa, sin tener miedo de cómo ellos van a reaccionar, es esencial en una sociedad democrática. Los que creemos en ella, esperamos que el mundo pueda cambiar sólo con las ideas. Las ideas son sagradas, por el hecho mismo de ser ideas, es decir, productos del pensamiento y de la intuición del ser humano. En mi opinión, cada uno de nosotros no sólo tiene el derecho de pensar  libremente, sino que tiene además la obligación de comunicar sus ideas, si tiene algo que decir, tratando de convencer a los demás. Sólo así las ideas podrían, tal vez, cambiar el mundo. Esta es nuestra esperanza, porque si el mundo no puede cambiar con las ideas, la única alternativa que nos queda hoy en día es el holocausto.
Para dejar las cosas claras, no te voy a esconder que no comparto para nada tu idea de que el liberalismo económico más absoluto tiene las soluciones para los problemas del mundo de hoy, aunque estoy defendiendo tu derecho de profesarla, no sólo porque este derecho es para mí sagrado, sino también porque en este cruce de caminos en que nos encontramos hoy, no tengo ni idea sobre cuál sería la solución de los problemas que están amanazando a la humanidad. Por otro lado, coincido contigo en la convicción de que hoy día, después de haber presenciado el fracaso completo de sistemas políticos en los que habíamos confiado por mucho tiempo, debemos reexaminar nuestras ideas más queridas. Sobre todo, tenemos que defender la democracia, porque sólo en ella pueden florecer las ideas. Y creo que no nos queda otro remedio que esperar a que la mente humana encuentre una vez más el camino que asegurará la supervivencia  de la especie.
La segunda razón que tengo para no condenarte por haberte convertido en un hombre “de derechas” es porque tú, aun siendo un derechista, nunca te has portado como un facha.
De tus escritos y también de todo tu comportamiento público, se ve que crees profundamente en los valores democráticos, que respetas e incluso defiendes la libertad de los demás, que estás convencido de que las personas no se pueden juzgar a base de su color, su poder económico, su posición social, o su género, sino a base sólo de su calidad humana. Creo que aunque te has cambiado de campamento político, sigues teniedo compasión por los desventurados de toda índole y sigues intentando encontrar maneras para que las condiciones de sus vidas mejoren, no con actos de misericordia o caridad, sino con la acción política adecuada.
Tu entendimiento profundo de la naturaleza humana y tu compasión por los que sufren por la injusticia de la sociedad o la de la suerte─, se dejan ver en todo lo que has escrito.
Leyendo tus novelas he vivido a flor de piel el terror del adolescente que tiene que hacer frente al mundo absurdo de un colegio militar. He sentido el miedo, las pequeñas alegrías, las esperanzas y el desengaño final de una “selvática”, a quién arrancaron por la fuerza de su pueblo indígena para “civilizarla” y que al final terminó sometida a la más degradante explotación.
He sentido la exaltación de la atmósfera revolucionaria en la universidad de San Marcos, de Lima, durante los años de la dictadura de Odría,  ─o en cualquier universidad de cualquier ciudad del mundo, en circunstancias parecidas─ y he vivido el ánimo de lucha, mezclado con miedo, de los jóvenes que están trabajando en una organización clandestina. Me he emocionado con la revuelta autodestructiva de un joven puro, que no podía aceptar que su familia  prosperara colaborando con el régimen autoritario, corrupto y violento de su país. He sentido pena profunda por el declive brutal y devastador de un pobre negro de buenas intenciones, que de joven había aspirado a un futuro mejor. Podría llenar muchas páginas así. Efectivamente leyéndote he sido absorbida por tus historias, me he identificado con tantos y tantos personajes, hombres y mujeres, a los que tú has dado vida propia.
Como tu compasión por el sufrimiento de los seres humanos no excluye el humor, la sonrisa y la luz de la esperanza, también me he divertido muchas veces leyendo tus novelas. Me acuerdo ahora de las desventuras de un militar concienzudo, a quien encargaron la creación de un servicio de “visitadoras” para el alivio sexual de las tropas estacionadas en la selva amazónica, o de los infortunios de un dotado escribidor de radionovelas teatrales.
Junto a ti he conocido tu Perú, no como es ahora, sino como era en las décadas de los cincuenta y los sesenta, como aparece en la mayoría de tus novelas. He soportado el calor y la humedad asfixiante de la selva y tambien el frío seco y el aire diluido del altiplano andino. He recorrido el centro de Lima, bajo la garua continua. He andado por la plaza Dos de Mayo, la Colmena, la plaza San Martín, he parado para tomar un chiclano en el café Zela y al anochecer he entrado en el bar Negro-Negro para divisar, entre el humo, a unos periodistas en tertulia. Otras veces he caminado contigo por las calles del Miraflores antiguo: he visto las casitas de vivos colores de las “quintas” en la calle Porta, he contemplado la puesta del sol en el océano desde la Quebrada, he escuchado las olas romper abajo, en la playa de pedruscos. He mirado a los jóvenes jugando al tenis en el club Terrazas, he probado un helado en la Crema Rica del Parque Central , espiando a los adolescentes a la hora que hacían sus planes para la noche...
Con esta carta, quisiera sólo darte las gracias, Mario,  por todo esto.
Un gran abrazo de tu amiga griega
Tina                                                                                                    


(Texto escrito para la  tarea de clase: "Carta a un autor querido")             Atenas, 7 de  marzo 2012

La envidia poética

“A la sombra del mérito se ve crecer la envidia”,  Leandro Fernández de Moratín.
“La envidia es mil veces más terrible que el hambre  porque es hambre espiritual”, Miguel de Unamuno.

La crítica amarga, la sátira,la insinuación pérfida son hábitos comunes entre los poetas en todas las épocas, en todos los países. El célebre soneto de Quevedo, "A una nariz”, es un ejemplo de este fenómeno casi universal, de la envidia poética. El conceptista se burla con sarcasmo y precocidad de las características físicas de Góngora, pero sobre todo de su estilo culterano. En mi país, es famoso el caso de K.Palamas y G.Seferis. Por todo esto, no me extrañó para nada el caso de dos poetas contemporáneos y el surgimiento del pecado capital durante una lectura poética al alimón. Ante un público emocionado, los dos poetas recitaban sus poemas,en su turno cada uno, pero en un mal instante, el envidioso no pudo soportar los aplausos de un poema amado por los espectadores-¿quién sabe qué demonios arañaban su interior? -interrumpió el proceso y releyó el poema sustituyendo las frases positivas con negativas y al revés. El público rió sin darse cuenta del  delito cometido: la violación del poema en su totalidad y en consecuencia la  de su autor. La envidia es un sentimiento que nunca produce nada positivo. En este caso el poeta víctima tenía que defender su creación. En realidad se vengó por la humillación y la tristeza que sintió. Al final de la lectura con una frase que se le escapó inconscientemente hizo una observación rencorosa sobre el pelo sucio de su rival. Sin duda, no le importaba el estado de ningún pelo sino la suciedad de la acción imprevista, aunque aún más le dolían sus propias palabras, el lapso linguae, como nos confesó más tarde.

Stella,10-3-2012.

jueves, 22 de marzo de 2012

La envidia

      
La envidia
En la casa de mis padres no hay cosas de mucho valor. Ambos provenían de familias de refugiados de Asia Menor, que fueron expulsadas de allí después de la derrota del ejercito griego al final de la expedición desastrosa de 1922. Como las familias de mis abuelos tuvieron que abandonar todas sus posesiones para salvar la vida, mis padres no pudieron heredar bellas cosas antiguas, como las que yo admiraba en secreto, durante mi adolescencia, en las casas de unas ricas compañeras de clase.  
Mis padres tuvieron que amueblar nuestra casa poco a poco, con cosas que compraron ellos mismos en el curso de su larga vida en común. Se casaron justo cuando terminó la guerra civil que había estallado en Grecia después de la liberación de la ocupación alemana, en un tiempo cuando el país estaba intentando curarse las heridas de esas dos guerras devastadoras. Así que en los primeros años de su matrimonio nuestra casa tenía sólo los muebles más esenciales, es decir, la cama matrimonial con sus dos mesitas de noche y una cómoda, un armario para la ropa, mi propia cunita rosada ─que más tarde, cuando nació mi hermano, la repintaron de azul─ ,  una mesa de comedor con sus sillas a juego y pocas otras cosas.
En la década de los sesenta, cuando la situación económica del país mejoró, mis padres pudieron comprarse electrodomésticos, sofás, sillones, mesitas y consolas para amueblar el salón, un comedor nuevo y también una nueva estantería para los libros. Compraron además cosas para decorar: Alfombras, lámparas y arañas del techo, unos cuadros nuevos para añadir a los dos que ya teníamos desde que yo puedo acordarme, floreros y bomboneras de cristal, unas estatuillas de porcelana, bolitos de plata, un mantel bordado a mano con sus servilletas y otras cosas así. De estas sus nuevas poseciones mis padres estaban muy orgullosos, aunque en el fondo sabían que su valor no era duradero. Su calidad no era mala, su estética tampoco, pero al fin y al cabo no tenían nada fuera de lo común, así que siempre estuvimos conscientes de que nunca llegarían a ser estimadas como antigüedades, por mucho tiempo que transcurriera.
Lo único, fuera de los libros,  que tiene algo de valor especial en mi casa paterna, lo único que uno podría, en efecto, desear heredar, es un servicio de té, hecho de plata. Una obra de orfebrería elaborada, en un estilo quizás demasiado baroco, el servicio, con sus dos teteras, el azucarero y la lechera puestos juntos en una bandeja grande, adorna  siempre la consola central en el salón de mi casa paterna. Mis padres lo habían comprado de segunda mano, a un precio de ocasión, a una familia empobrecida no sé exactamente bajo qué circumstancias─.
Ahora mi padre está muerto desde hace más de diez años, y mi madre, a sus noventa y dos, vive sola en la casa familiar, junto con la mujer que la cuida. Como tiene muchos problemas de salud entre los cuales el más desalentador es la demencia senil de la que padece─  he planteado muchas veces, dentro de mí, la cuestión de qué vamos a hacer con las cosas de la casa, cuando llegue el día para decidir.
Nuestras casas, la de mí hermano y la mía, están llenas, a estas alturas de nuestras vidas, de muebles y cosas que nosotros hemos adquirido, para decorarlas a nuestro gusto. Hasta la casa de mi hija recién casada tiene ya todos los muebles y los adornos que ella y su marido necesitan. En cuanto a los otros nietos de mi madre, o sea mi hijo y mi sobrina, ellos todavía no tienen casas permanentes propias, sin embargo mucho me temo que tampoco les servirán de algo los  muebles, ya viejos y desgastados, de la abuela.
Mi madre, cuando todavía tenía su juicio íntegro, me había hablado del horror puro que había sentido al ver los muebles de una íntima amiga suya tirados en la calle, después de su muerte. “Ya sé”, me había dicho entonces, con este tono dramático tan suyo, “ya sé que Atenea necesitaba vaciar la casa cuando antes para venderla, pero cuando ví aquellas cosas que su madre apreciaba tanto, tiradas para que las recogieran los basureros,  sentí un dolor agudo hasta el fondo del alma”.
Ahora bien, aunque mi madre me ha dicho esto, dejando claro que a ella no le gustaría para nada que tiráramos sus cosas, creo que es probable que tampoco nosotros podremos evitar tirar a la basura muchas de ellas, si no encontramos a tiempo a alguna familia que las necesite. Como en el fondo soy realista, pienso que lo que mi madre nunca sabrá, no podrá herirla. Así que lo único que me está preocupando, de verdad, es la cuestión de qué vamos a hacer con ese juego de té ....
Mis padres lo consideraron siempre como una cosa digna de ser codiciada por sus herederos. Mi padre me había dicho en el tiempo mismo en que lo compraron que cuando ellos murieran, tendríamos que dividir las piezas de las que consiste el servicio, entre mi hermano y yo: Uno se quedaría con una tetera , el azucarero y la lechera y el otro heredaría la bandeja junto a la otra tetera. Por su parte mi madre ─ella en estos últimos años, poco antes de enfermarse─, me dijo un día, en un momento inesperado, que le gustaría que no dividiéramos las piezas del juego de plata, sino que lo heredara completo uno de nosotros, dejándolo a la suerte que decidiera quién.
No me juzguéis mal, los que estáis leyendo esta narración. No es que yo no quiera a mi hermano, ni tampoco es que me guste tanto aquel servicio de té. Dicho esto, os mentiría si os dijera que aquella disposición de mi madre no me ha dolido. O que no me hizo sentir la mordedura de la envidia por aquel maldito juego de té. La verdad es que haría qualquier cosa por mi hermano, que se lo daría todo lo que tengo, si fuera necesario.También es verdad que para este juego de té ─suponiendo que fuera yo la que lo heredara─ quizás no haya sitio en mi casa, ni para exponerlo, ni siquiera para almacenarlo. Entonces, ¿cómo se podría explicar mi reacción?
Profundizando un poco, pienso que probablemente lo que ha causado la envidia que sentí, es que mi madre ─quien siempre ha tenido una inclinación especial, una debilidad más que evidente, hacia mi hermano─ no pensó en que su hija se interesaría normalmente más por un adorno de casa  que su hijo, y que tampoco se le pasó por la cabeza que su hijo tenía  ya en casa un juego de té de plata, heredado de su suegra (su mujer es hija única),  un juego que es menos pomposo y quizás más elegante que el suyo.
Al fin y al cabo, es el amor ─o su carencia─ lo que importa, de verdad.
La envidia es en el fondo siempre por el amor, no por las cosas...

Tina Dugalí                                                                                                    Atenas, 12 de marzo 2012

(Texto escrito para la tarea de clase sobre el tema de la envidia)
                                                                                   

martes, 13 de marzo de 2012

Una escapada voluntaria

Su generación ha crecido con la ilusión de que viajar formaba un signo del poder adquisitivo. Pero para ella, viajar solo tenía sentido como una necesidad de recordarse a sí misma  constantemente que su pequeño mundo no era el centro del universo. Su último viaje a España lo planeaba durante años. Ese recorrido empezó exactamente cuando decidió aprender el idioma. Puesto que había vivido en varios lugares en el extranjero de pequeña, el nuevo reto fue fácil de planear desde el principio. Se matriculó en clases de lengua y un poco después, empezó a leer artículos de prensa, libros de la historia, de  arte y de cultura española en la versión original y escuchar la  radio a través de Internet para entender mejor los aspectos de la vida actual del país.
En cuanto a España, logró ver desde luego las dos ciudades más grandes, Madrid y Barcelona. El grupo de compañeras, con las que fue y ella, decidieron seguir el mismo itinerario que las agencias de viaje venden a los turistas griegos, aunque quedándose más tiempo en cada ciudad y utilizando varios medios de transporte para ver lo más posible. En total, visitaron Madrid, Salamanca, Toledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Valencia, la Costa del Sol , la Costa Blanca y Barcelona. Lo que les sorprendió era la diversidad tanto cultural y geográfica como económica de cada comunidad que vieron. Intuyó pues, que si no hablaba un poco el idioma no se daría cuenta de muchas cosas sobre esa cultura tan semejante a la griega.
Una vez más, quedándose fuera durante casi un mes le hizo apreciar de nuevo su realidad actual y lo que quería cambiar. La importancia del último viaje en particular, le volvió todavía más consciente de que cualquiera que fuera su carrera, lo que había ganado con trabajar en diferentes países era una capacidad de integrarse en cualquier sitio a través de una actitud abierta. Ahora estaba segura, sin lugar a dudas, que podría emigrar de Grecia otra vez, y no sería una decisión forzada. Aunque España le parecía la tierra de irás y nunca volverás, había acabado por concluir que no sería necesariamente su destino elegido para vivir, sino una de las opciones para considerar seriamente. Y no en vano.
Sería difícil de olvidar  lo extrovertido que son los españoles. Su modo preferido de comunicación es hablar mucho, con gestos y sentimientos, con muchas interjecciones, abrazos y besos entre ellos. Ahora pues, entendía por qué los exámenes orales permanecían tan importantes en todas sus tareas de lengua más que otros idiomas que había aprendido de forma organizada. Ese carácter encantador lo combinan con un sentido común emprendedor tremendo.
Entre una tierra hecha por materias primas para los dioses, un espíritu comercial ávido e innovador, una lengua hablada por la mitad del planeta y un amor por la vida, los españoles lo tienen todo. ´Aunque apenas lo reconozcan´, pensó Ifigeneia, y empezó a planear la escapada voluntaria de una actualidad estancada que ya había tolerado más de lo que debía . Aquella Ifigeneia, como si fuera la heroína de Eurípides, no sería sacrificada por los pecados de sus antepasados y los crímenes de sus contemporáneos, sino que cumpliría su propio destino.´

Uranía 03-03-2012                                           (Texto escrito para la tarea de clase ´Un Viaje´)

                                                                                      

viernes, 9 de marzo de 2012

El viaje a Venecia

      El viaje a Venecia
Se llamaba Cristina. Le pusieron su nombre en honor de su padre, Cristos, que se había muerto de tisis con sólo veinticinco años, precisamente a los ocho días de su nacimiento.
Desde el principio la consideraron un pájaro de mal agüero y no la quisieron. Su abuela paterna, que acababa de perder a su único hijo, lejos de verla como una continuación de este, la inculpó de su muerte, acusándola de haber venido a la vida, robando la de su padre. Su madre ─que acababa de enviudar a los diecinueve años─ estaba tan hundida en su duelo y su desesperación, por encontrarse de repente sola y sin ningún medio para sobrevivir y criar a sus dos niñas, que no fue capaz de darle afecto. El hecho de que ella no fue particularmente agraciada, a diferencia de su hermana mayor ─que fue una belleza─, no la ayudó a ganar simpatía. Durante su larga vida, sólo sentimientos de culpa fue capaz de inspirar a su familia, cuyos miembros se sintieron siempre obligados a  ayudarla con sus necesitades económicas, no por amor, sino por remordimientos, por no haber podido quererla.
Con tal principio, no es de extrañar que su vida fuera profundamente infeliz. A los dieciséis años se fugó de casa enamorada de un tipo, que engañado por sus mentiras de mitómana empedernida, le había prometido matrimonio, aspirando a su inexistente gran dote. Entonces su madre, que unos años antes había vuelto a quedarse viuda, con cuatro hijas más para criar, la había echado de casa con dureza, para que no contaminara con su inmoralidad a sus hermanas. Ella tuvo que dar a luz a su único hijo sola. Después de que su bebé muriera , a los pocos meses de edad, la familia la recogió de nuevo a casa, con magnanimidad, pero ella no quiso conformarse con la voluntad de su madre y casarse con el hombre que la familia había elegido para ella. En cambio se fugó otra vez con un inútil, que nunca fue capaz de mantenerla y para el cual tuvo que trabajar durante toda su vida.
Era hermana mayor de de mi madre ─media hermana, ya que tenían padres diferentes─.
Me acuerdo de sus visitas mensuales a nuestra casa. Al contrario de las otras tías que nos visitaban, tía Cristina nunca nos traía, a mi hermano y a mí, golosinas ni juguetes u otras cositas. Una vez trajo una sola empanada de queso, sólo para mi madre, y esto causó un momento embarazoso entre todos nosotros.
Venía a casa siempre cansada y con los pies dolidos por sus andanzas por el centro de Atenas. No andaba por gusto, desde luego, sino porque su malpagado trabajo ─en el bufete de un famoso abogado─ consistía en hacer trámites. ─No era capaz de nada mejor, solía decir mi madre, y lo que le pagaban, por poco que fuera, ya era mucho. 
En sus visitas ─que probablemente las hacía, pienso ahora, con el motivo de recibir la mensualidad que juntaban las hermanas entre sí para ayudarla─ me acuerdo que hablaba seguido. No paraba de contar historias, sin interés y probablemente sin verdad ninguna, causando fastidio y desazón entre nosotros. Alguna vez mi padre, o mi madre, acababan impacientándose con ella y le decían que se callara ya.
Su fin no fue más feliz que su vida. Poco después de quedarse viuda, se enfermó de alzheimer. Cuando su estado  empeoró, sus hermanas decidieron meterla en una residencia, pero después de haber pasado ingresada  allí tan sólo un mes, la más buena de mis tías, una mujer santa y sacrificada, la recogió por misericordia en su casa, donde se murió, después de haber permanecido por largos meses en un estado vegetal.
De la tía Cristina me acuerdo de su dulzura, mezclada con miedo, cuando la visité por una sola vez en aquella residencia de ancianos. Me había reconocido como una persona querida, pero no sabía ni mi nombre, ni la relación que tuvimos. Otro recuerdo que tengo de ella, más lejano en tiempo, es este: Una tarde, en una de sus visitas mensuales, cuando tendría yo dieciséis o diecisiete años, alguien habló de Venecia. Quizás vimos algo en la televisión o lo escuchamos  en la radio.  Entonces la mirada de la tía Cristina se había endulzado, sus ojos se habían llenado de ilusión y había exclamado que ella soñaba con visitar algun día Venecia, que aquello era su ilusión, porque Venecia era un sitio mágico, la ciudad más bella del mundo entero.
Esta declaración me conmocionó. Las hermanas la ayudaban para pagar el alquiler y para hacer las compras diarias, pero nunca pensaron en ofrecerle algo más, ni mucho menos un viaje de ensueño. Tal vez ni lo pudieran hacer. Entonces yo era demasiado joven para tener dinero y poder darle este placer a esta tía ─a quien al fin y al cabo nunca quise mucho─, pero me acuerdo que en aquel instante me prometí a mí misma, con mi fulgor de adolescente, que cuando pudiera, le costearía yo a Cristina un viaje a Venecia.
Por supuesto nunca lo hice, nunca tuve el dinero suficiente para gastarlo en ella, nunca pude ofrecerle algo más que una corona de flores, en su funeral.

Tina Dugalí  (Texto escrito para la tarea de clase ´Un Viaje´)


                                                                                                                         Atenas,  1 de marzo 2012



Querido Diego,te abraza Quiela


“…y al leer tu letra adorada trato de adivinar algún mensaje secreto….”
                                                                              Elena Poniatowska

Querido Diego,te abraza Quiela.

Todo se acabó.La cámara vacía y yo una muerta que vaga sin rumbo. Todo recuerda a tu ausencia:los pasillos,tu silla en el despacho,el aire de esta ciudad. Ya no siento tus manos, no escucho tu voz,no veo tu sonrisa. Mis ojos no saben traducir tanta amargura.Mis labios te nombran en vano. A buscarte vuelvo por todas partes sabiendo mi infeliz destino. No te encontraré jamás. Mejor amar el olvido,mejor amar sin amar, pero no  puedo,mi corazón estará siempre abierto a tu paso. Tu existencia ha entrado en mi existencia de manera irrevocable. Tan sola me quedo en el alma que no tengo más palabras.
Stella, 2-3-2012.

martes, 6 de marzo de 2012

Viajar sin compañía

El señor Juan no había viajado nunca.

Se alejó de su pueblo sólo una vez cuando su hijo le llevó al hospital para que se hiciera un chequeo। Los otros días de su setenta y cinco años los había pasado allí. En el pueblecito montañoso, en su casa de piedra.


El señor Juan llevaba una vida tranquila.

Cuando despertaba iba a la panadería para comprar media barra de pan y si era sábado algunas rosquillas también. Al regresar a su casa atendía su jardín. El domingo por las tardes iba a la tabernita para jugar al chaquete .

En su casa el señor Juan tenía una estantería llena de libros. Había de cada tipo. Había libros gordos, libros pequeños, libros viejos y libros aún más viejos con páginas amarillentas y olor a humedad. En su mayoría había libros de aventuras pero, también, de amores incumplidos, de traición, de guerra o de filosofia.
Con estos libros el señor Juan había hecho los viajes más maravillosos que alguien podría imaginar. Había ido a los sitios más lejanos, había visto ciudades grandes con calles llenas de gente, había probado la comida más rara, había conocido a las personas más peculiares. El señor Juan se había enamorado, se había separado, había llorado y reído, había muerto y resucitado.

El señor Juan había llevado una vida de grandes pasiones.

Sin embargo, cuando se oía el sonido resuelto de un libro que se cierra - cuando se podía ver las motas de polvo escapar de las páginas descoloridas y flotar en el compacto aire del la habitación - el silencio en la casa era profundo. Se oía solamente el agua que ardía en la cacerola que el señor Juan había puesto en el fuego, para preparar su café vespertino.

Y el teléfono nunca sonaba.

Artemis 29/2/2012 (texto escrito para la tarea ''Un Viaje'')

El coste existencial del exilio

´Casi veinte años después, todavía no había conseguido sentirse cómodo en la tierra de exilio. Huyó de la patria dejando atrás sus estudios y su familia, porque no aguantaba a su padre. Tenía que esforzarse mucho para ganar su aprecio, lo que le parecía que nunca lograría, porque se peleaban constantemente. El, un campesino hecho propietario en una taberna en las afueras de Barcelona, quería que sus hijas se casaran y su único hijo permaneciera con él para ayudar al negocio familiar. Luego, habían tenido que mudarse a las montañas del País Vasco, de donde se escapó solamente para ingresar en la universidad. Siguió detestando las vacaciones las que pasaba en la casa de la familia obligatoriamente. No podía imaginar que un día se encargarñia de todas aquellas responsabilidades, incluso de bautizar a sus sobrinos y cuidar a sus padres. Y se escapó. Pero ahora, tantos años después, aunque aparentemente exitoso, cada día era un combate contra la soledad. No se sentía parte ni de la familia en su patria chica, ni tampoco de la de la tierra desconocida. El pobre autoexiliado se había quedado solo con un sentimiento agrio que surgía cada vez que se encontraba con gente feliz.´
Uranía 04-03-2012 (Texto escrito para la tarea ´Un Viaje´)




domingo, 4 de marzo de 2012

Un tren de llegada

Sin embargo había bien preparado ese viaje. Durante muchos años había ido aprendiendo en la familia, en la  escuela, en las universidades, en diversos puestos de trabajo, en varias relaciones y sobre todo en la calle. Creía que mi preparación y mi equipaje serian adecuados para permitirme un viaje interesante, pero al mismo tiempo confortable. Fui muchas veces a esa estación oscura y húmeda, sin relojes o paneles anunciando las llegadas y las salidas.

Cada vez esperaba en el andén vacío durante mucho tiempo ¨mi tren¨. A veces aparecía un tren alguno pero sin silbar o parar. Pensaba que eso ocurría  porque el destino había decidido otro momento para mí. Esa convicción me prohibía dejar de venir regularmente a la estación a  la espera de poder coger mí tren. Andando el tiempo perdí mi entusiasmo por esa huida, pero continuaba yendo más bien por costumbre o por curiosidad.

Un día de septiembre de 2666 llegó en efecto un tren y se paró. Todas las ventanas estaban clavadas y ningún pasajero apareció. De repente se abrió la puerta de un vagón. Me volví para echar un último vistazo al sol  y sentí una lágrima en mi mejilla. Abandoné mi equipaje en el andén y subí al tren.
«Viva la muerte» aulló, como último saluda a mi juventud.
Cerré la puerta y el tren salió.

Martha Olympiou 01-03-2012 (Texto escrito para la tarea de clase ´Un Viaje´)


El huésped salvador

Le encontré por primera vez esa noche de diciembre, fría y hostil, al regresar de un juicio difícil que sin embargo gané. Esta criatura extraña, de sexo indeterminado, me esperaba en la oscuridad frente a mi casa entre mis almendras.
Me saludó en voz alta y aguda proponiéndome entrar conmigo en la casa para beber algo y celebrar conmigo mi éxito. Por una razón inexplicable no pude negárselo. Por curiosidad o por miedo no pude expulsarle de mi casa.
Subiendo la escalera, podía escuchar su paso pesado y sentir su olor desagradable. Con mi mano temblando y mi corazón a punto de explotar entré en primer y encendí  la luz. ¡Por fin! Mi huésped nocturno! ¡Podía verle y enfrentarme a él !
Era un jorobado enano con ojos brillantes y pelo de punta vestido con  ropa de la basura. Aunque le miraba agitada no podía expresar mi repugnancia ya que por una razón extraña tenía la sensación   de que lo conocía bien.
Nos sentamos en mi despacho frente a una botella de vino divino de la Rioja y empezamos a beber lentamente sin hablar. Su mirada austera y espantosa se quedó clavada en mí de manera que me sentí paralizada. Se levantó de repente y empezó a hablar.
«¡He venido  para pegarte! No puedes seguir aplicando las mismas sospechosas maneras para sobornar a los testigos y así ganar los juicios. Te recuerdo que tu último caso fatal acabó en un suicidio. Una serie de pecados cometidos para tu propia satisfacción. ¿Quieres que te los recuerde? ¿Cómo pudiste, por ejemplo, encerrar a tu propia madre en una casa para  personas con problemas psicológicos para quedarte con  su fortuna? ¿Cómo pudiste mantener una  relación con el marido de tu mejor amiga? ……..»
«Claro, soy un huésped que revela tu inmortalidad y tu irresponsabilidad. Intento instalarme aquí castigándote cada día  por tus pecados sin indulgencia. Intento arrastrar mi  cuerpo deformado y mi olor insoportable hasta que tú te arrepientas y cambies.        
 ¡Permite que me presente!  Soy tu consciencia. Soy tu huésped salvador!»

Martha Olympiou 22-02-2012 (Texto escrito para la tarea de clase ´El Huésped´)