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viernes, 27 de abril de 2012

El Viaje


                                              

Viajábamos desde las cuatro de la madrugada y eran ya las nueve de la mañana pero teníamos aún muchas horas de viaje. Yo, como todos los chicos estaba muy entusiasmado y feliz proque era la primera vez que viajaba a otro país y todas la cosas que veía me parecían tan bonitas. Pero a veces me sentía muy triste y el viaje me parecía una eternidad. Estaba seguro de que iba a echar mucho de menos a mis amigos, a mis primos y sobre todo a mis abuelos. Me sentía engañado por  mis propios padres. Me habían prometido muchas cosas para que me fuera con ellos; me decían que tendría todos los juegos que quisiera, y ropa muy bonita y amigos nuevos y lo más importante: ¡una vida mejor! ¿y qué era esta vida mejor? Yo tenía ya una vida maravillosa. Tenía a mis amigos que me querían muchísimo y lo pasábamos muy bien. Eran los mejores amigos del mundo, porque hacíamos todo tipo de disparates y no me habían traicionado jamás. También tenía a mi abuelita, que me esperaba siempre en la puerta con la mejor comida que solo ella sabia cocinar. Y mi abuelo, un hombre tan sabio que me contaba unas historias increíbles. Me contaba historias de la guerra y como ellos habían ayudado a los partisanos y cosas así. Eran casi las 2 de la tarde e hicimos una parada en una estación de servicio, un poco fuera de una gran ciudad. Todo era un bello entorno para mí pero al mismo tiempo todo desconocido. En ese instante hubo un momento de pavor. Sin embargo, este viaje tenía un sentido único y cada pensamiento desesperado no tenía ninguna importancia. De nuevo en la ruta y las horas parecían siglos. Yo les preguntaba todo el tiempo: cuánto queda para llegar a  ese dichoso lugar, y ellos me respondían: un poco más, un poco más. Finalmente llegamos. Eran las cuatro de la tarde. Mi corazón latía muy fuerte. En ese momento me sentía muy alegre y curioso también. Quería ver todo: las casas, las calles, las tiendas, los árboles, todo de una vez. Mi paciencia estaba agotada y quería correr como un loco. ¡Todo un mundo para descubrir!.....

Niko Stefa 25/04/2012 

martes, 13 de marzo de 2012

Una escapada voluntaria

Su generación ha crecido con la ilusión de que viajar formaba un signo del poder adquisitivo. Pero para ella, viajar solo tenía sentido como una necesidad de recordarse a sí misma  constantemente que su pequeño mundo no era el centro del universo. Su último viaje a España lo planeaba durante años. Ese recorrido empezó exactamente cuando decidió aprender el idioma. Puesto que había vivido en varios lugares en el extranjero de pequeña, el nuevo reto fue fácil de planear desde el principio. Se matriculó en clases de lengua y un poco después, empezó a leer artículos de prensa, libros de la historia, de  arte y de cultura española en la versión original y escuchar la  radio a través de Internet para entender mejor los aspectos de la vida actual del país.
En cuanto a España, logró ver desde luego las dos ciudades más grandes, Madrid y Barcelona. El grupo de compañeras, con las que fue y ella, decidieron seguir el mismo itinerario que las agencias de viaje venden a los turistas griegos, aunque quedándose más tiempo en cada ciudad y utilizando varios medios de transporte para ver lo más posible. En total, visitaron Madrid, Salamanca, Toledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Valencia, la Costa del Sol , la Costa Blanca y Barcelona. Lo que les sorprendió era la diversidad tanto cultural y geográfica como económica de cada comunidad que vieron. Intuyó pues, que si no hablaba un poco el idioma no se daría cuenta de muchas cosas sobre esa cultura tan semejante a la griega.
Una vez más, quedándose fuera durante casi un mes le hizo apreciar de nuevo su realidad actual y lo que quería cambiar. La importancia del último viaje en particular, le volvió todavía más consciente de que cualquiera que fuera su carrera, lo que había ganado con trabajar en diferentes países era una capacidad de integrarse en cualquier sitio a través de una actitud abierta. Ahora estaba segura, sin lugar a dudas, que podría emigrar de Grecia otra vez, y no sería una decisión forzada. Aunque España le parecía la tierra de irás y nunca volverás, había acabado por concluir que no sería necesariamente su destino elegido para vivir, sino una de las opciones para considerar seriamente. Y no en vano.
Sería difícil de olvidar  lo extrovertido que son los españoles. Su modo preferido de comunicación es hablar mucho, con gestos y sentimientos, con muchas interjecciones, abrazos y besos entre ellos. Ahora pues, entendía por qué los exámenes orales permanecían tan importantes en todas sus tareas de lengua más que otros idiomas que había aprendido de forma organizada. Ese carácter encantador lo combinan con un sentido común emprendedor tremendo.
Entre una tierra hecha por materias primas para los dioses, un espíritu comercial ávido e innovador, una lengua hablada por la mitad del planeta y un amor por la vida, los españoles lo tienen todo. ´Aunque apenas lo reconozcan´, pensó Ifigeneia, y empezó a planear la escapada voluntaria de una actualidad estancada que ya había tolerado más de lo que debía . Aquella Ifigeneia, como si fuera la heroína de Eurípides, no sería sacrificada por los pecados de sus antepasados y los crímenes de sus contemporáneos, sino que cumpliría su propio destino.´

Uranía 03-03-2012                                           (Texto escrito para la tarea de clase ´Un Viaje´)

                                                                                      

viernes, 9 de marzo de 2012

El viaje a Venecia

      El viaje a Venecia
Se llamaba Cristina. Le pusieron su nombre en honor de su padre, Cristos, que se había muerto de tisis con sólo veinticinco años, precisamente a los ocho días de su nacimiento.
Desde el principio la consideraron un pájaro de mal agüero y no la quisieron. Su abuela paterna, que acababa de perder a su único hijo, lejos de verla como una continuación de este, la inculpó de su muerte, acusándola de haber venido a la vida, robando la de su padre. Su madre ─que acababa de enviudar a los diecinueve años─ estaba tan hundida en su duelo y su desesperación, por encontrarse de repente sola y sin ningún medio para sobrevivir y criar a sus dos niñas, que no fue capaz de darle afecto. El hecho de que ella no fue particularmente agraciada, a diferencia de su hermana mayor ─que fue una belleza─, no la ayudó a ganar simpatía. Durante su larga vida, sólo sentimientos de culpa fue capaz de inspirar a su familia, cuyos miembros se sintieron siempre obligados a  ayudarla con sus necesitades económicas, no por amor, sino por remordimientos, por no haber podido quererla.
Con tal principio, no es de extrañar que su vida fuera profundamente infeliz. A los dieciséis años se fugó de casa enamorada de un tipo, que engañado por sus mentiras de mitómana empedernida, le había prometido matrimonio, aspirando a su inexistente gran dote. Entonces su madre, que unos años antes había vuelto a quedarse viuda, con cuatro hijas más para criar, la había echado de casa con dureza, para que no contaminara con su inmoralidad a sus hermanas. Ella tuvo que dar a luz a su único hijo sola. Después de que su bebé muriera , a los pocos meses de edad, la familia la recogió de nuevo a casa, con magnanimidad, pero ella no quiso conformarse con la voluntad de su madre y casarse con el hombre que la familia había elegido para ella. En cambio se fugó otra vez con un inútil, que nunca fue capaz de mantenerla y para el cual tuvo que trabajar durante toda su vida.
Era hermana mayor de de mi madre ─media hermana, ya que tenían padres diferentes─.
Me acuerdo de sus visitas mensuales a nuestra casa. Al contrario de las otras tías que nos visitaban, tía Cristina nunca nos traía, a mi hermano y a mí, golosinas ni juguetes u otras cositas. Una vez trajo una sola empanada de queso, sólo para mi madre, y esto causó un momento embarazoso entre todos nosotros.
Venía a casa siempre cansada y con los pies dolidos por sus andanzas por el centro de Atenas. No andaba por gusto, desde luego, sino porque su malpagado trabajo ─en el bufete de un famoso abogado─ consistía en hacer trámites. ─No era capaz de nada mejor, solía decir mi madre, y lo que le pagaban, por poco que fuera, ya era mucho. 
En sus visitas ─que probablemente las hacía, pienso ahora, con el motivo de recibir la mensualidad que juntaban las hermanas entre sí para ayudarla─ me acuerdo que hablaba seguido. No paraba de contar historias, sin interés y probablemente sin verdad ninguna, causando fastidio y desazón entre nosotros. Alguna vez mi padre, o mi madre, acababan impacientándose con ella y le decían que se callara ya.
Su fin no fue más feliz que su vida. Poco después de quedarse viuda, se enfermó de alzheimer. Cuando su estado  empeoró, sus hermanas decidieron meterla en una residencia, pero después de haber pasado ingresada  allí tan sólo un mes, la más buena de mis tías, una mujer santa y sacrificada, la recogió por misericordia en su casa, donde se murió, después de haber permanecido por largos meses en un estado vegetal.
De la tía Cristina me acuerdo de su dulzura, mezclada con miedo, cuando la visité por una sola vez en aquella residencia de ancianos. Me había reconocido como una persona querida, pero no sabía ni mi nombre, ni la relación que tuvimos. Otro recuerdo que tengo de ella, más lejano en tiempo, es este: Una tarde, en una de sus visitas mensuales, cuando tendría yo dieciséis o diecisiete años, alguien habló de Venecia. Quizás vimos algo en la televisión o lo escuchamos  en la radio.  Entonces la mirada de la tía Cristina se había endulzado, sus ojos se habían llenado de ilusión y había exclamado que ella soñaba con visitar algun día Venecia, que aquello era su ilusión, porque Venecia era un sitio mágico, la ciudad más bella del mundo entero.
Esta declaración me conmocionó. Las hermanas la ayudaban para pagar el alquiler y para hacer las compras diarias, pero nunca pensaron en ofrecerle algo más, ni mucho menos un viaje de ensueño. Tal vez ni lo pudieran hacer. Entonces yo era demasiado joven para tener dinero y poder darle este placer a esta tía ─a quien al fin y al cabo nunca quise mucho─, pero me acuerdo que en aquel instante me prometí a mí misma, con mi fulgor de adolescente, que cuando pudiera, le costearía yo a Cristina un viaje a Venecia.
Por supuesto nunca lo hice, nunca tuve el dinero suficiente para gastarlo en ella, nunca pude ofrecerle algo más que una corona de flores, en su funeral.

Tina Dugalí  (Texto escrito para la tarea de clase ´Un Viaje´)


                                                                                                                         Atenas,  1 de marzo 2012



martes, 6 de marzo de 2012

Viajar sin compañía

El señor Juan no había viajado nunca.

Se alejó de su pueblo sólo una vez cuando su hijo le llevó al hospital para que se hiciera un chequeo। Los otros días de su setenta y cinco años los había pasado allí. En el pueblecito montañoso, en su casa de piedra.


El señor Juan llevaba una vida tranquila.

Cuando despertaba iba a la panadería para comprar media barra de pan y si era sábado algunas rosquillas también. Al regresar a su casa atendía su jardín. El domingo por las tardes iba a la tabernita para jugar al chaquete .

En su casa el señor Juan tenía una estantería llena de libros. Había de cada tipo. Había libros gordos, libros pequeños, libros viejos y libros aún más viejos con páginas amarillentas y olor a humedad. En su mayoría había libros de aventuras pero, también, de amores incumplidos, de traición, de guerra o de filosofia.
Con estos libros el señor Juan había hecho los viajes más maravillosos que alguien podría imaginar. Había ido a los sitios más lejanos, había visto ciudades grandes con calles llenas de gente, había probado la comida más rara, había conocido a las personas más peculiares. El señor Juan se había enamorado, se había separado, había llorado y reído, había muerto y resucitado.

El señor Juan había llevado una vida de grandes pasiones.

Sin embargo, cuando se oía el sonido resuelto de un libro que se cierra - cuando se podía ver las motas de polvo escapar de las páginas descoloridas y flotar en el compacto aire del la habitación - el silencio en la casa era profundo. Se oía solamente el agua que ardía en la cacerola que el señor Juan había puesto en el fuego, para preparar su café vespertino.

Y el teléfono nunca sonaba.

Artemis 29/2/2012 (texto escrito para la tarea ''Un Viaje'')

El coste existencial del exilio

´Casi veinte años después, todavía no había conseguido sentirse cómodo en la tierra de exilio. Huyó de la patria dejando atrás sus estudios y su familia, porque no aguantaba a su padre. Tenía que esforzarse mucho para ganar su aprecio, lo que le parecía que nunca lograría, porque se peleaban constantemente. El, un campesino hecho propietario en una taberna en las afueras de Barcelona, quería que sus hijas se casaran y su único hijo permaneciera con él para ayudar al negocio familiar. Luego, habían tenido que mudarse a las montañas del País Vasco, de donde se escapó solamente para ingresar en la universidad. Siguió detestando las vacaciones las que pasaba en la casa de la familia obligatoriamente. No podía imaginar que un día se encargarñia de todas aquellas responsabilidades, incluso de bautizar a sus sobrinos y cuidar a sus padres. Y se escapó. Pero ahora, tantos años después, aunque aparentemente exitoso, cada día era un combate contra la soledad. No se sentía parte ni de la familia en su patria chica, ni tampoco de la de la tierra desconocida. El pobre autoexiliado se había quedado solo con un sentimiento agrio que surgía cada vez que se encontraba con gente feliz.´
Uranía 04-03-2012 (Texto escrito para la tarea ´Un Viaje´)




domingo, 4 de marzo de 2012

Un tren de llegada

Sin embargo había bien preparado ese viaje. Durante muchos años había ido aprendiendo en la familia, en la  escuela, en las universidades, en diversos puestos de trabajo, en varias relaciones y sobre todo en la calle. Creía que mi preparación y mi equipaje serian adecuados para permitirme un viaje interesante, pero al mismo tiempo confortable. Fui muchas veces a esa estación oscura y húmeda, sin relojes o paneles anunciando las llegadas y las salidas.

Cada vez esperaba en el andén vacío durante mucho tiempo ¨mi tren¨. A veces aparecía un tren alguno pero sin silbar o parar. Pensaba que eso ocurría  porque el destino había decidido otro momento para mí. Esa convicción me prohibía dejar de venir regularmente a la estación a  la espera de poder coger mí tren. Andando el tiempo perdí mi entusiasmo por esa huida, pero continuaba yendo más bien por costumbre o por curiosidad.

Un día de septiembre de 2666 llegó en efecto un tren y se paró. Todas las ventanas estaban clavadas y ningún pasajero apareció. De repente se abrió la puerta de un vagón. Me volví para echar un último vistazo al sol  y sentí una lágrima en mi mejilla. Abandoné mi equipaje en el andén y subí al tren.
«Viva la muerte» aulló, como último saluda a mi juventud.
Cerré la puerta y el tren salió.

Martha Olympiou 01-03-2012 (Texto escrito para la tarea de clase ´Un Viaje´)


viernes, 2 de marzo de 2012

Viaje de regreso

             Erase una vez un hombre casi centenario, fatigado de vivir tantos años entre sus ilusiones y sus memorias y afligido por no ser capaz de encontrar una solución adecuada para su único problema. El paso del tiempo le había encorvado su grácil talle y su vista de gavilán ya era turbia. Pero el hombre no tenía necesidad de mirar alrededor de sí para descubrir lo bueno y lo malo, lo hermoso o lo feo de este mundo. Le bastaba con indagar en sí mismo para comprobar que todo es vano; que lo eterno (menos lo que promete la religión) es lo que ya una vez existió y que mas no puede ni existir de nuevo ni cambiar; lo que es capturado en el alma y la mente para siempre. Le gustaba recordar días pasados, sus días de gloria, cuando podía encerrar en su palma toda la vida y absorber de un trago todos sus jugos. Pero también revocaba momentos por los que no se sentía orgulloso: antes sus ojos desfilaban las mujeres que engañó, socios que explotó, desgraciados que despreció…
Entonces, ya salió después de la amontonada experiencia en su larguísima vida, se arrepentía por sus malas selecciones y llorando sin lágrimas se quedaba muy infeliz, hundido en las más profunda desesperación, por lo que era demasiado tarde para deshacer.
 De manera que solo un deseo (aunque conocía que era inalcanzable) le daba alivio: poder regresar a los años de la inocencia y recomenzar su vida desde el principio. Pero, precisamente porque sabía que esto no era realista, se sentía cada vez más deprimido.
Una noche invernal, tras haber pensado mucho sobre sus insistencias, se acostó exhausto esperando ver al menos en su sueño este viaje de regreso. Hacia la madrugada un golpe se oyó, como si la puerta estuviera abierta por el viento, y el cuarto se vio inundado por una luz espectral. El viejo, medio dormido, se incorporó pero no distinguió a nadie; al contrario escuchó muy claramente una voz grave, como si procediera del más allá, que le decía “Su deseo va a cumplirse ahora mismo”. En aquel momento el hombre no podía entender si estaba más espantado y extrañado o tranquillo y feliz después de tantísimo tiempo. Lo que pudo hacer era balbucear: “Ya voy, Señor”. E inmediatamente se durmió de nuevo, pero esta vez para no despertarse nunca más.
El viejo apenas había comenzado el viaje de regreso a los senos de la eternidad.

Angeliki Patera
28.2.2012


Un viaje instantáneo


El aula estaba llena de aficionados a la literatura. El senor X proyectaba un cortometraje sobre el modernismo europeo de los años 20. Mariana y yo contemplábamos las imágenes de la época que pasaban ante nuestros ojos. París, Berlin, Moscú eran las tres ciudades en las que floreció el movimiento a principios del siglo xx. Era un viaje de ciertos minutos, casi instantáneo. Como todo viaje, era único como la vida . Tenia su propio ritual: la preparación, la espera, la cámara para detener el tiempo, y la maleta interior para llevar dentro las cosas indispensables, la verdad de las cosas.
Stella,25-2-2012.